La tradición de la Procesión del Silencio tiene sus orígenes en la España del siglo XIII, cuando los sacerdotes franciscanos iniciaron sus Procesiones de Sangre, en las que se infligían castigos físicos y representaban escenas relativas a la Pasión de Cristo. En el siglo XVI, el ritual fue traído a la Nueva España por la orden de los carmelitas descalzos, sin embargo, no se instauró de manera anual, como lo es ahora, hasta el año de 1954. Desde entonces, se ha convertido en la procesión católica más importante de la República Mexicana.
La procesión inicia en la explanada de la Plaza del Carmen, cuando la representación de las tropas romanas abre el preámbulo de la noche con el redoble de sus tambores y las notas de un clarín. Después, el guardia pretoriano adelanta al grupo y toca tres veces la puerta del Templo del Carmen mientras el clarinero ordena silencio a los concurrentes. La multitud obedece y se instaura en los alrededores un clima de completa expectación. Entonces las puertas del templo se abren y comienzan a despuntar sobre la plaza las primeras cruces y cirios que va llevando en alto la comitiva.
Al poco tiempo, las calles aledañas se llenan de faroles y capuchas cónicas que avanzan con parsimonia en gesto de duelo. Todos los cofrades portan emblemas e imágenes religiosas, y visten según los colores que corresponden a su compañía. Destaca la presencia de algunas con fuerte arraigo local, como la de los charros y las adelitas, así como las cofradías Chirimía y Teponaxtle, ambas conformadas por grupos indígenas. La figura de la Nuestra Señora de la Soledad, gran protagonista del desfile, es transportada en su majestuoso andamio de más de una tonelada, montado sobre los hombros de 40 hombres.
A lo largo del trayecto se pronuncia pregones y saetas que detienen la procesión en puntos estratégicos. Estas voces retóricas, pertenecientes a la tradición sevillana, ofrecen un acongojado homenaje a manera de recital y canto. Los pregones son un discurso reflexivo que tiene por objeto resaltar la esencia de la Semana Santa; mientras que las saetas, con una entonación aflamencada que irrumpe secamente en todos los callejones, son el lamento por la crucifixión de Jesús.
Luego de atravesar las calles de Villerías, Universidad, Galeana, Independencia, Av. Venustiano Carranza, Aldama, Madero y Manuel José Othón, el recorrido concluye justo donde comenzó: en el Templo del Carmen. Al filo de la media noche ingresa la última cofradía y las puertas del Templo se cierran.
Siguiente »